El “Escudo de Privacidad” en tela de juicio.

En verano del año pasado, el acuerdo Privacy Shield entre la UE y EE.UU. vino a sustituir, por orden expresa del TJUE, al acuerdo Safe Harbor. Basado en un mecanismo de auto regulación, el “Escudo de Privacidad” permite hoy en día a 1.969 empresas tecnológicas estadounidenses garantizar al ciudadano europeo que sus datos serán protegidos en la nube. Y cuando se dice “protegidos”, quiere decir que no formarán parte de softwares como Prism o Upstream, utilizados por agencias gubernamentales de EE.UU. -entre ellos, la NSA- en sus funciones de vigilancia masiva.

No obstante, los legisladores europeos no tuvieron en cuenta una variable inesperada, quizás, pero fundamental en su hipótesis de trabajo: el factor Trump.

El pasado 25 de enero, el actual Presidente de EE.UU. adoptó la Orden Ejecutiva de Seguridad Pública, por la que autoriza a las agencias y departamentos ejecutivos a vigilar y tratar los datos de todos aquellos que no sean ciudadanos estadounidenses; esto es, “inmigrantes que viajan a EE.UU. para cometer crímenes“, a quienes, en principio, la ley de protección de datos estadounidense les excluye.

Es lógico que ante la ausencia de especificidad en lo que podríamos denominar el target group de dicha medida, la Comisaria Europea Jourová haya viajado a EE.UU., buscando unas aclaraciones que, al menos, aún no se han hecho públicas -si es que las ha habido-. La vaguedad de las declaraciones de Trump, por suerte o por desgracia, no nos pilla de imprevisto.

Y mientras ¿qué ocurre con nuestros datos?“, es una pregunta que me hago reiteradamente. De momento, las cosas siguen igual que hace 6 meses, hasta que se demuestre lo contrario; es decir, hasta que la próxima revisión de la aplicación y el cumplimiento del acuerdo por parte de la Comisión Europea, prevista en septiembre de este mismo año, demuestre que las agencias estadounidenses siguen rastreándonos en la red, leyendo nuestros “mensajes privados”, haciendo estudios a partir de los datos que decidimos, a veces inconscientemente, escribir en una red social cualquiera, etc.

No hay que olvidar que, por encima del derecho a la protección de datos, está la economía. El comercio digital transatlántico está valorado en 260 billones de dólares, lo que equivaldría a multiplicar por 200 veces el PIB del propio EE.UU.

Por tanto, el mapa que se nos presenta alinea, por un lado, a los gigantes tecnológicos, que quieren mantener su cuota de mercado en una región de altos niveles de desarrollo, y la Comisión Europea, que trata de que, en plena época de mareas y tribulaciones, el Privacy Shield salga a flote. [Por cierto, una cuestión a considerar será el papel de Reino Unido en esta nueva etapa, qué tipo de acuerdos firmará con la UE y con EE.UU. y la posible relación triangular.] Por otro lado, está EE.UU. y, lo que es aún más relevante: Trump y su afán proteccionista. Ciertamente, podría inferirse, mediante una simple relación de fuerzas, que los primeros tienen todas las cartas para ganar. Pero la reciente imprevisibilidad del Ejecutivo estadounidense puede sorprendernos de nuevo…

 

 

 

Tecnología y competitividad

La revolución  de las TRICs supone oportunidades y desafíos para todos los países, regiones y actores del proceso económico. Sin embargo, a pesar del rápido desarrollo de la economía mundial estas últimas décadas, la desigualdad y la pobreza siguen afectando a un número ingente de personas.

La brecha tecnológica es uno de los grandes problemas a confrontar actualmente por la comunidad internacional. El hecho de que haya países productores de tecnología y en los que se puede aplicar aquella crea un mecanismo de desigualdad, puesto que la base tecnológica produce las relaciones sociales y termina configurando la dirección de la producción y consumo.

La tecnología es hoy el factor de producción más importante, aunque el aprovechamiento en términos de productividad y bienestar que proporciona requiere de una estructura y de unas instituciones en la sociedad favorecedoras del cambio y la difusión que tienen raíces profundas en la cultura, la historia y los hábitos.[1]

Para conocer la tendencia mundial de dichas estructuras, el papel de las revoluciones tecnológicas y su repercusión tanto institucional como en el sector empresarial, sigue leyendo aquí.

 

 

 

[1] Matesanz Gómez, David. (2013) “La globalización económica” Estructura Económica y Relaciones Internacionales Ed. 1, pp. 151-174

El papel del Estado-nación en la globalización

El término globalización hace referencia a la salida de lo político del marco del Estado-nación. Con una nueva retórica de este fenómeno, que incluye la mundialización de la economía, de los mercados, y de las distintas corrientes en el ámbito financiero y tecnológico, es posible que instituciones que parecían cerradas a la configuración política estallen, abriéndose al nuevo panorama mundial[1].

De esta forma, asistimos al conflicto existente entre las decisiones democráticas a nivel nacional y las decisiones tecnocráticas a nivel supranacional[2]; donde la combinación entre democracia, soberanía nacional y globalización parece un ideal más que una realidad concreta.

Con este escenario de fondo… ¿qué puede esperarse del Estado-nación como actor en el contexto internacional?

Para ver su papel tanto en el ámbito institucional supranacional, como en el ámbito interno -en este caso, en momentos de crisis como la actual-, sigue leyendo aquí.

 

[1] Beck, U. (1998) “¿Qué significa la globalización? Dimensiones, controversias y definiciones”.  ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización. pp. 45-91

[2] Rodrik, D. (2011). La paradoja de la globalización. Antoni Bosch Ed. S. A.

Economía del terrorismo (I) Condicionantes económicos del fenómeno terrorista

La economía del terrorismo es el estudio de las causas y consecuencias del terrorismo, así como de la eficacia de las políticas para combatirlo desde la perspectiva económica. El terrorismo, como término, no tiene una definición unívoca. No obstante, existe cierto consenso en torno a sus principales características, a saber:

  1. Consiste en el uso premeditado o la amenaza del uso de la violencia, normalmente de mano de actores no estatales.
  2. Tiene como finalidad influenciar a una gran audiencia.
  3. Sus objetivos son fundamentalmente de corte socio-político.
  4. Sus acciones se dirigen contra las partes no combatientes.

Estas simples notas dejan fuera muchos aspectos relacionados con el terrorismo, como por ejemplo, la apología. Sin embargo, el terrorismo como fenómeno es analizable en tanto es el resultado de una demanda y una oferta y supone el uso de recursos escasos susceptibles de utilizaciones alternativas. El grupo terrorista, por ende, ha de entenderse como una empresa. Responde a criterios económicos, pues tanto los oferentes (activistas y terroristas) como los demandantes (simpatizantes) se comportan de forma racional, y como tal no son impredecibles; esto es, la causa-efecto de sus acciones es susceptible de control. Con ello, se puede asegurar que no necesariamente todos los terroristas padecen una enfermedad mental, ya que la correlación entre ésta circunstancia y la pertenencia a un grupo terrorista es espuria.

Existen tres tipos básicos de racionalidad al hablar de este fenómeno:

  1. Racionalidad Instrumental-operativa: trata de minimizar los costes y maximizar la utilidad de las acciones. Responden a incentivos. Tanto oferentes como demandantes del terrorismo han demostrado ser racionales en este sentido. Un indicador de este tipo de racionalidad son los terroristas suicidas, en tanto encarnan el arma más inteligente; habiendo sido probado la participación de los terroristas suicidas con un nivel de educación más alto para atacar a objetivos más importantes, y viceversa.
  2. Racionalidad Darwiniana: se basa en la persecución del propio interés, que no siempre coincide con el interés egoísta del individuo. Tanto los terroristas como los simpatizantes tienen rasgos de este tipo de racionalidad, mientras que en el caso de los terroristas suicidas, no hay evidencia suficiente para considerar su inclusión.
  3. Expectativas racionales: se basan en la no comisión sistemática del mismo error. En este sentido, son los simpatizantes los únicos que demuestran participar ampliamente de este tipo de racionalidad.

Asimismo, suele hacerse alusión a las creencias equivocadas racionalmente elegidas por los oferentes del terrorismo, basadas en razones de identidad, sociabilidad, etc. Son ideales racionalmente irracionales, sin éxito para mantener la cohesión, y que normalmente son elegidos por el núcleo duro del grupo. ¿Realmente creía ETA que podría haber formado un País Vasco independiente en Europa? La respuesta será siempre la misma: es bastante dudoso. Las creencias forman parte de la publicidad de la empresa, luego no han de tomarse en términos estrictamente absolutos. La imagen que proyecta un grupo terrorista determinado, no significa necesariamente que todos sus componentes compartan dicha creencia, sino que normalmente cada individuo perseguirá su propio interés dentro del mismo. Por ello, una gran falencia de las políticas de contraterrorismo, y lo que explica su gran ineficacia, es que se concentran en los objetivos estratégicos del grupo terrorista, sin tener en cuenta que la competencia con otros grupos y con otros actores estatales los hace innovar; ser cada vez más dinámicos.

Breve resumen de la Jornada Economía del Terrorismo, organizado por la SEI-ICFS. Condicionantes económicos del fenómeno terrorista. José Manuel Rodríguez. Profesor Titular del  Dpto. de Análisis Económico: Teoría Económica e Historia Económica (UAM)